El tiempo del deseo

El tiempo del deseo sigue ritmos y lógicas propias, no estandarizadas. El “cliché” de que “la chispa” vive solo al principio de las relaciones reduce la erótica a una simple línea de inicio y final, como si fuera un producto con fecha de caducidad. Desde una mirada sexológica, conviene preguntarse: ¿existen realmente momentos “naturales” para desear?

La erótica entre amantes no sigue un esquema lineal ni utiliza “interruptores”. El deseo erótico vive en una mirada, una palabra, un guiño, en los múltiples gestos de complicidad compartida. Si pasan desapercibidos no es porque no exista ese deseo erótico, sino porque lo hemos desplazado a unos signos concretos, lo hemos limitado y amordazado, encorsetándolo en las lógicas de Cronos. Pero Eros tiene más que ver con Kairós: con el momento oportuno, con el tiempo que se expande y se disfruta, con la oportunidad que no responde a la dictadura de los relojes sino a la intensidad de la experiencia.

El calendario imaginario del deseo

Verano, primavera, adolescencia, una nueva pareja, como intento de superar una ruptura… Son momentos que el imaginario colectivo vincula con un deseo más intenso. El cine, la literatura e incluso las campañas publicitarias refuerzan esta idea, vendiéndonos una supuesta “estación alta” del deseo. Sin embargo, hace mucho que las investigaciones desmontaron las teorías que ligaban el deseo a la fertilidad, o a un supuesto “celo humano” (que, sencillamente, no existe).

En el caso de las mujeres, por ejemplo, los datos de Kinsey mostraban que muchas declaraban mayor deseo justo en la fase menos fértil del ciclo menstrual, lo que contradecía las explicaciones puramente biológicas. Esto no significa que no existan ritmos fisiológicos, sino que no determinan nuestra vivencia.

El problema de aceptar sin cuestionar un “calendario del deseo” es que acaba generando expectativas que, cuando no se cumplen, se interpretan como fallo personal o de la relación. Si creemos que “toca” sentir más deseo en vacaciones y no ocurre, aparece la frustración. Y si damos por hecho que después de un tiempo en pareja el deseo solo puede apagarse, dejamos de cultivarlo.

Confundir deseo con excitación

Otro error habitual es confundir deseo con excitación. La excitación es un estado fisiológico, con signos reconocibles como el aumento del ritmo cardíaco, cambios en la respiración, erección o lubricación. Puede aparecer de manera espontánea o inducida, incluso sin que exista deseo erótico hacia alguien concreto. Y al revés: puede haber un gran deseo por una persona o situación y, sin embargo, que el cuerpo no responda de la forma “deseada”.

Este malentendido genera falsas alarmas: alguien puede pensar que “ya no desea” a su pareja porque no siente una excitación “automática”, cuando en realidad el deseo puede estar expresándose de otras formas. Puede vivir en gestos, palabras, planes, miradas… y no siempre traducirse en urgencias físicas. Con el tiempo de la relación, los gestos que expresan el deseo suelen aumentar, diversificarse y ganar en contenido erótico, no disminuir.

Además, identificar el deseo únicamente con “tener ganas de follar” empobrece la experiencia erótica. Deja fuera los momentos de juego prolongado, las fantasías compartidas, la erotización de la espera, la ternura que se mezcla con la atracción y con múltiples formas de intimidad. El tiempo del deseo incluye pausas, anticipaciones y silencios, igual que una buena pieza musical no es solo una sucesión de notas rápidas.

Deseos que cambian de forma

Hablar de deseo en singular es como reducir una biblioteca entera a un solo libro. Tenemos deseos (en plural) que cambian de forma, intensidad y lenguaje a lo largo de la vida. La erótica, en su sentido etimológico, remite a Eros y Eros remite al encuentro: sujetos que se buscan y se encuentran por sus deseos, no por instintos. Sujetos que se desean.

La visión antigua privilegiaba la función reproductiva reduciendo el deseo a la lógica de “carga y descarga”. Frente a ella, la idea moderna de los sexos lo concibe como un espacio de encuentro, construcción y juego. El encuentro erótico puede ser un proyecto de convivencia, una fantasía compartida o un juego que desafía las prisas.

Erotizar la rutina

Reconocer los deseos en plural permite liberarse de la presión de “mantener la llama” como si fuera una chimenea que nunca debe apagarse. Un decorado siempre perfecto. El deseo no necesita constancia mecánica, sino espacios y condiciones para jugar. Creer que el deseo solo vive al principio nos condena a buscar inicios perpetuos. Cuando, si algo alimenta de verdad a Eros, son las rutinas compartidas: los códigos privados, las bromas que solo entienden dos, los hábitos que se vuelven propios y exclusivos. Lejos de apagar el deseo, estas rutinas pueden ser su combustible más constante. Por eso, una buena clave para los amantes es erotizar la rutina, aprender a mirar de nuevo lo que ya se conoce, descubrir lo erótico en lo cotidiano y dotarlo de intención.

La sexología recuerda que los deseos se cultivan, que pueden aparecer en cualquier momento y que adoptan múltiples formas. Más que medirlos o compararlos con un ideal, conviene reconocerlos, cuidarlos y disfrutarlos. Entender el tiempo del deseo es, en realidad, entender que cada gesto, cada complicidad y cada encuentro tienen un valor único. Que no existe un momento perfecto, sino instantes afortunados. Que el deseo, cuando se le deja espacio, no solo vive: se expande y se transforma. Nos recuerda que, para Eros, el paso del tiempo no conlleva hastío, sino nuevas oportunidades para sorprendernos y (re)descubrirnos.

El tiempo del deseo,

reflexiones en la Consulta de Sexología de Insex por Inma Martínez Cerrillo y Nacho López Martín

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